Era
noche cerrada, y desde el tragaluz del ático en el que vivía se podía ver la
maliciosa luna menguante, guiñando e incitándome a realizar el mal,
embrujándome de alguna manera para condenar mi alma en un solo instante por
toda la eternidad. Dejé el trabajo en el que llevaba atascado semanas sobre la
mesa del viejo escritorio derramando sin querer el tintero sobre las hojas.
Maldije mi suerte al ver perdido todo lo poco que había conseguido avanzar en
aquellos últimos días y me asomé a la ventana. El mendigo seguía allí, y sus
ojos me contemplaban desde la miseria, desde la más fría esquina de la calle.
Todo
comenzó el día en el que me mudé a la ciudad. Alquilé un ático en el centro y
nada más llegar me puse a trabajar en mis relatos. La revista que me acababa de
contratar quería uno para el ejemplar del mes siguiente, y yo necesitaba el
dinero que me ofrecían. Estuve toda la tarde del jueves trabajando en ello, y
con la caída del sol, decidí bajar a la licorería de la calle de al lado para
comprar una botella de ginebra. Me puse el largo abrigo de cuero, pues era
diciembre, y salí a la calle. Fue entonces, cuando, al doblar la esquina para
llegar a la calle donde se encontraba la tienda, vi al mendigo. Al principio no
le presté atención alguna, pero sus ojos me miraban como a un igual, me seguía
con la vista mientras caminaba, y al pasar me saludó cordialmente como a un
conocido de toda la vida mientras su destrozada gorra yacía vacía, sin un solo
centavo, entre sus huesudas manos. Al volver de la tienda con la botella me
fijé con más atención. No era joven, pero tampoco debía de ser muy anciano,
aunque aparentaba más edad de la que tendría a causa de la miseria, no
sobrepasaría los cuarenta años. Sus ropas estaban raídas hasta el límite de que
casi no eran capaces de cubrirle. Cubierto con semejantes harapos parecía
difícil que fuese a sobrevivir al invierno. Estaba flaco hasta la médula, pero
en su más honda miseria, en lo más profundo del agujero sin retorno en el que
se hallaba, al borde de la muerte y olvidado por todos, había algo que lo
salvaba de la condenación total; una mirada clara llena de orgullo, la dignidad
que mantenía ante la muerte más indigna. Quise ayudarle al instante, darle algo
de dinero, pero yo mismo andaba muy apurado, y aunque con muy poco podría haber
salvado durante unos días más al pobre mendigo, hacer que sobreviviese otro día
más, la vergüenza de acercarme a él y la preocupación sobre cuanto convenía
darle me impidieron hacer el bien. Pese a verme pasar de largo, el mendigo me
volvió a saludar como a un amigo, y eso me destrozó el alma. Para cuando me di
cuenta de que podía haberle ofrecido un vaso de ginebra me hallaba abriendo la
puerta de casa.
Los
días pasaban y la misma escena se repetía. Cada vez que salía de casa el
mendigo me saludaba y yo intentaba no mirarle, ignorarlo por así decirlo,
aparentando no percatarme de su miseria. Al pasar de largo me sentía sucio,
como un noble que ignora a un plebeyo por ser de un estatus inferior, y aunque
me avergüence decirlo, esperaba ansioso que el invierno se llevara al mendigo.
Si, esperaba ansioso su muerte. Salía todas las mañanas a la ventana y me
asomaba con la esperanza de que hubiese muerto y se lo hubiesen llevado, pero
cada mañana él alzaba su vista y me dedicaba una sonrisa que me estremecía.
Con
el paso de las semanas, me di cuenta de que apenas había avanzado nada en mi
trabajo. Cogí la última hoja del montón que tenía apilado en una esquina de la
mesa, correspondiente a mí último relato, y me horroricé por lo que vi allí
escrito. En letras mayúsculas, con mi puño y letra, se podía leer la palabra
“MENDIGO”. Pero no solo una vez, sino que la hoja entera yacía cubierta por esa
enloquecedora palabra. No recordaba haberlo escrito y sin embargo parecía que
la situación me había superado. Lo que al principio parecía una nimiedad ahora
se había convertido en una obsesión. Dejé la hoja de nuevo sobre el escritorio
derramando sin querer la tinta sobre las únicas hojas en las que había escrito
algo decente. Maldije mi suerte al ver perdido todo lo poco que había
conseguido avanzar en aquellos últimos días y me asomé a la ventana. El mendigo
seguía allí, inmóvil en su esquina, contemplándome desde la miseria. La sangre
comenzó a hervirme dentro de las venas y la frustración dejó paso a la locura.
Agarré el cortaplumas bajé a todo correr
las escaleras tropezándome en la bajada y dando de bruces contra el suelo. Con
los ojos inyectados en sangre, salí a la calle y le propiné una patada al
mendigo en la boca del estómago. El miserable se encogió y se hizo una bola,
momento que aproveché para meterle el cortaplumas entre las costillas. Visto
que mi último ataque no tuvo mucho éxito extraje el cortaplumas y se lo ensarté
en uno de sus ojos haciéndole gritar de dolor. Seguidamente, disfrutando cada
instante de su sufrimiento, cegado por una ira irracional, estrangulé al pobre
diablo con mis propias manos.
Aquella
noche pude conciliar el sueño y a la mañana siguiente, antes de que dos agentes
tocasen a mi puerta, ya tenía este relato terminado. Hoy, espero alegremente mi
condena en el cadalso, pues ningún sufrimiento me es ahora comparable al del
mantenerme ajeno al propio sufrimiento de otro, pudiendo haber hecho algo para
remediarlo.



