miércoles, 28 de octubre de 2015

EL MENDIGO

Era noche cerrada, y desde el tragaluz del ático en el que vivía se podía ver la maliciosa luna menguante, guiñando e incitándome a realizar el mal, embrujándome de alguna manera para condenar mi alma en un solo instante por toda la eternidad. Dejé el trabajo en el que llevaba atascado semanas sobre la mesa del viejo escritorio derramando sin querer el tintero sobre las hojas. Maldije mi suerte al ver perdido todo lo poco que había conseguido avanzar en aquellos últimos días y me asomé a la ventana. El mendigo seguía allí, y sus ojos me contemplaban desde la miseria, desde la más fría esquina de la calle.

Todo comenzó el día en el que me mudé a la ciudad. Alquilé un ático en el centro y nada más llegar me puse a trabajar en mis relatos. La revista que me acababa de contratar quería uno para el ejemplar del mes siguiente, y yo necesitaba el dinero que me ofrecían. Estuve toda la tarde del jueves trabajando en ello, y con la caída del sol, decidí bajar a la licorería de la calle de al lado para comprar una botella de ginebra. Me puse el largo abrigo de cuero, pues era diciembre, y salí a la calle. Fue entonces, cuando, al doblar la esquina para llegar a la calle donde se encontraba la tienda, vi al mendigo. Al principio no le presté atención alguna, pero sus ojos me miraban como a un igual, me seguía con la vista mientras caminaba, y al pasar me saludó cordialmente como a un conocido de toda la vida mientras su destrozada gorra yacía vacía, sin un solo centavo, entre sus huesudas manos. Al volver de la tienda con la botella me fijé con más atención. No era joven, pero tampoco debía de ser muy anciano, aunque aparentaba más edad de la que tendría a causa de la miseria, no sobrepasaría los cuarenta años. Sus ropas estaban raídas hasta el límite de que casi no eran capaces de cubrirle. Cubierto con semejantes harapos parecía difícil que fuese a sobrevivir al invierno. Estaba flaco hasta la médula, pero en su más honda miseria, en lo más profundo del agujero sin retorno en el que se hallaba, al borde de la muerte y olvidado por todos, había algo que lo salvaba de la condenación total; una mirada clara llena de orgullo, la dignidad que mantenía ante la muerte más indigna. Quise ayudarle al instante, darle algo de dinero, pero yo mismo andaba muy apurado, y aunque con muy poco podría haber salvado durante unos días más al pobre mendigo, hacer que sobreviviese otro día más, la vergüenza de acercarme a él y la preocupación sobre cuanto convenía darle me impidieron hacer el bien. Pese a verme pasar de largo, el mendigo me volvió a saludar como a un amigo, y eso me destrozó el alma. Para cuando me di cuenta de que podía haberle ofrecido un vaso de ginebra me hallaba abriendo la puerta de casa.

Los días pasaban y la misma escena se repetía. Cada vez que salía de casa el mendigo me saludaba y yo intentaba no mirarle, ignorarlo por así decirlo, aparentando no percatarme de su miseria. Al pasar de largo me sentía sucio, como un noble que ignora a un plebeyo por ser de un estatus inferior, y aunque me avergüence decirlo, esperaba ansioso que el invierno se llevara al mendigo. Si, esperaba ansioso su muerte. Salía todas las mañanas a la ventana y me asomaba con la esperanza de que hubiese muerto y se lo hubiesen llevado, pero cada mañana él alzaba su vista y me dedicaba una sonrisa que me estremecía.

Con el paso de las semanas, me di cuenta de que apenas había avanzado nada en mi trabajo. Cogí la última hoja del montón que tenía apilado en una esquina de la mesa, correspondiente a mí último relato, y me horroricé por lo que vi allí escrito. En letras mayúsculas, con mi puño y letra, se podía leer la palabra “MENDIGO”. Pero no solo una vez, sino que la hoja entera yacía cubierta por esa enloquecedora palabra. No recordaba haberlo escrito y sin embargo parecía que la situación me había superado. Lo que al principio parecía una nimiedad ahora se había convertido en una obsesión. Dejé la hoja de nuevo sobre el escritorio derramando sin querer la tinta sobre las únicas hojas en las que había escrito algo decente. Maldije mi suerte al ver perdido todo lo poco que había conseguido avanzar en aquellos últimos días y me asomé a la ventana. El mendigo seguía allí, inmóvil en su esquina, contemplándome desde la miseria. La sangre comenzó a hervirme dentro de las venas y la frustración dejó paso a la locura. Agarré el cortaplumas  bajé a todo correr las escaleras tropezándome en la bajada y dando de bruces contra el suelo. Con los ojos inyectados en sangre, salí a la calle y le propiné una patada al mendigo en la boca del estómago. El miserable se encogió y se hizo una bola, momento que aproveché para meterle el cortaplumas entre las costillas. Visto que mi último ataque no tuvo mucho éxito extraje el cortaplumas y se lo ensarté en uno de sus ojos haciéndole gritar de dolor. Seguidamente, disfrutando cada instante de su sufrimiento, cegado por una ira irracional, estrangulé al pobre diablo con mis propias manos.


Aquella noche pude conciliar el sueño y a la mañana siguiente, antes de que dos agentes tocasen a mi puerta, ya tenía este relato terminado. Hoy, espero alegremente mi condena en el cadalso, pues ningún sufrimiento me es ahora comparable al del mantenerme ajeno al propio sufrimiento de otro, pudiendo haber hecho algo para remediarlo.


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