1
Empiezo diciendo que ahora sé con
seguridad cómo y cuándo moriré. Un día como hoy (27 de abril), pero dentro de
diecinueve años, mi buen amigo y poeta J.M.R me asesinará a la puerta de una
librería de Copenhague. También sé que B.H morirá tras haberse casado en
segundas nupcias con una tubería del casco viejo a la mañana siguiente de la
boda intoxicada de alquitrán. Todo esto empezó cuando J.M.R me dijo que sabía
interpretar el diario de la muerte. Yo le respondí que eso era peor que el día
de la retrospección o el salto de setenta y nueve niños ciegos por un
acantilado, pero no me hizo caso. Y eso si que es gracioso. Ahora todos
nosotros sabemos cómo y cuándo moriremos.
2
Nuestras mentes están asimilando sus
respectivos destinos. Destino marcado con tinta imborrable, tatuado con pulso
firme en el diario de un ser superior. Esas líneas han cambiado el rumbo de
nuestras vidas. Ya no se trata de asimilar la acción de la muerte, tenemos
fecha de caducidad y la estamos viendo. Eso puedo destruirnos, lo va a hacer,
la locura llama y es inevitable no dejarle entrar. Ninguno sucumbirá hasta
cumplir su destino, pero todos nos planteamos una duda. ¿Era nuestro destino
leer ese diario? Y si eso no fuese así ¿ha cambiado este hecho nuestro fatum?
Solo queda esperar y reírse de la muerte.
3
Tras duras sesiones de terapia de olvido
hoy a la noche saldré de fiesta con J.M.R, J.E.E y J.C. Sé que nos sentaremos a
contemplar cómo nos destruye otra vez ese liquido dulce color ocre que aparenta
suavidad al deslizarse por la garganta, aunque en realidad es todo una ilusión.
Cuando crees que el dulce líquido ha pasado es cuando aflora ese triunfante
dolor visceral que te enloquece y te amarga. Aun así nos gusta. Viva la muerte.
4
He sentido otra vez ese aliento
siniestro, ese hedor nauseabundo que todo lo nubla y corrompe el aire. La araña
metálica de mis pesadillas ha vuelto a atacarme, pero esta vez no era un sueño,
era todo tan real que apenas podía moverme. El terror me paralizaba.
Afortunadamente he recordado que mi muerte debía producirse en Copenhague,
enfrente de una librería, y que la mano ejecutora no podía ser otra que J.M.R y
no esa siniestra araña metálica. Después de eso me he despertado. Café,
rosquillas.
5
Esta noche he salido al tejado de mi casa
a tocar la guitarra. J.E.E, fiel vecino, ha salido con el Saxofón a amenizar la
juerga. Muy triste todo. Soledad pero no del todo, nunca se está solo del todo.
Desgraciadamente. Es una pena que en realidad J.E.E esté muerto, que jamás haya
tocado el Saxofón y que sea imposible subir de noche al tejado de nuestras
casas. No todo son malas noticias, ayer N.M.L fue a París en busca de una
herradura que combinase con el color de los cordones de sus zapatos nuevos.
Dice que en París llueve a las noches.
6
Le he comentado a J.M.R lo de París. Dice
que no estaría nada mal un viaje de esos. Se lo hemos comentado a J.C y dice
que de acuerdo. Necesitamos a otro para completar el viaje y que salga buen
precio pero J.D.C dice que no viene, que
estamos chalados. El sí que esta como las cabras, viene sobrio a clase. Ojalá
pudiésemos sacar a J.E.E de la tumba. Los fantasmas de una noche de verano se
lo llevaron a las profundidades.
7
J.E.E tuvo una buena muerte. La que todos
esperábamos después de que J.M.R interpretase el diario de la muerte. Perdió la
cabeza mientras bailábamos en un antro oscuro y al amanecer encontraron su
cuerpo en el río. Fue un gran día para su familia. Su madre hizo jabones con el
cadáver y el padre convirtió sus huesos en serrín para vendérselo al dueño de
una tasca. Yo compré un par de jabones a su madre para tener un recuerdo de
J.E.E en mi cuarto. El perro se comió uno a la mañana siguiente.
8
París es hermoso. No soy capaz de
recordar si estuvimos un mes o un año viviendo en la cuna de la bohemia. Tan
solo recuerdo con nitidez los acontecimientos de aquel albergue del extrarradio
en el que nos alojamos el último día. J.C y J.M.R comieron a gusto la cena. Yo
no probé bocado pese a que insistió la asquerosa vieja dueña del albergue. La
mitad de lo que comía J.C lo escupía. Nunca había visto a nadie comer así.
Finalmente J.C reventó, literalmente, y la vieja comenzó a saltar y a cantar de
la alegría. La canción era en indonesio. No nos cobró la estancia.
9
Esa noche, mientras dormía, la locura
llamó a la puerta. Cuando le abrí descubrí dos mantis religiosas enormes que se
habían apoderado del mundo. Las reglas de supervivencia eran sencillas: El buen
comportamiento llevaba a la muerte, el malo a la vida. No me fue difícil, por
lo tanto, convertirme en el único superviviente de la pesadilla. Ya no quedaban
más humanos que comer, y desde mi escondite contemplé cual espectador
privilegiado como se devoraban entre ellas, insaciables. Espectáculo caníbal.
Cuando una de las mantis acabó de devorar a la otra, fijó su mirada en mí que
había bajado la guardia. Antes de engullirme me susurro con voz de animal: “No
vale despertarse”
10
A nuestro regreso de París nos informaron de que J.D.C se había suicidado. Tampoco nos
pillaba de sorpresa. La señora muerte le dijo que había suspendido el examen de
la vida y decidió que por lo tanto no tenía sentido vivir. Se lanzó desde el acantilado
más alto de la región gritando “¡la mejor experiencia de mi puta vida!”. Su
cadáver se reventó contra las rocas y la gente que aplaudía y lo animaba a
saltar desde abajo se apartó horrorizada. Nadie quería limpiar esa porquería.
Pero por la noche unos buitres dejaron impoluta la escena.
11
Este verano ha sido increíble. Recuerdo
aquella calurosa tarde, los cuatro sentados en un banco, J.M.R, N.M luciendo su
nueva herradura, A.E y yo. De pronto alguien trajo una pistola y N.M dijo
“vamos a jugar”. Todos estábamos de acuerdo. La ruleta rusa con seis balas,
como le gustaba a N.M. Antes de empezar a jugar yo dejé todos mis poemas sobre
la mesa, por si acaso. N.M fue el primero en apretar el gatillo y su cabeza
saltó por los aires ante la potencia de ese revolver de gran calibre. Después
de relamer los sesos con los que nos había bautizado nuestro amigo (sabían a
pollo) nos empezamos a reír. Jamás se me olvidará tan épica tarde.
Se acerca el otoño de mis ideas, el final
de mi vida. Hace poco salí de prisión. Me habían encerrado por escribir poemas
obscenos sobre mujeres, vicios, noches de fiesta y alcohol, suicidio, soledad,
pájaros muertos y amaneceres. A.E murió hace unos pocos días. Sus últimas
palabras fueron muy emotivas para mí. “Me he tragado un CÁNCER” dijo ahogándose
con su propia risa. Murió intoxicado con ácido desoxirribonucleico, sobredosis
de ADN. Mientras se retorcía con sus últimos estertores le saqué una foto para
recordar tan importante etapa de su no-vida. Me ardía la oreja izquierda. Me lo
estaba pasando bien, todos lo pasábamos bien.
13
La madre de J.E.E estaba furiosa. “El
cabrón no dio para muchos jabones, estaba flaco” dijo mientras rompía las
macetas que tanto apasionaban a su hijo. “Las reglas son las mismas” le
contesté yo poniendo cara de místico vidente. “No pongas esa cara, no pongas
ninguna cara, de hecho RÓMPETE la cara” me dijo mientras me arrojaba macetas y
me perseguía gritando que iba a hacer jabones conmigo. La vida no es más que un
absurdo juego de tablero, la fina línea entre lo real y lo imaginario se rompe
a diario. Hay gente que ha aprendido a hacer trampas en este macabro juego. Yo
no quiero ser nada y lo estoy consiguiendo. Lo estoy consiguiendo.
14
Han pasado varios años. Los perros mean
en las tumbas de nuestros compañeros. Copenhague es hermoso. Que gozoso es
estar aquí, después de tantos años de espera. Al fin ha llegado el día. Estoy
esperando a J.M.R delante de la librería que acordamos mientras contemplo el
cielo arder, el día galopando hacia su anochecer. Delante tengo el tranquilo
puerto, y mas allá el mar. Aguzando la vista puedo contemplar, a través de las
llamaradas del sol agonizante, un cadáver flotando a lo lejos, en el mar. Cerca
vuelan aves carroñeras disfrutando de su festín. Resulta que, al final, el
libre albedrío existe. J.M.R ha destruido el fatum. Acaba de llegar un
hombre a mi lado. No lo conozco pero me informa de que J.M.R ha muerto. “Me ha
dejado el recado” me dice con sosiego. “Lo sé, proceda” le contesto yo inflando
mis pulmones con aire. Un objeto punzante se hunde en mi carne invadiéndome por
dentro. Me encojo. Pienso que estoy flotando en el mar, pero ¿es agua o es
sangre todo lo que me rodea? Aquí dejo de escribir, se me nubla la vista y el
cuchillo me oprime demasiado. En mis oídos suena un sordo eco, que repite
incesante: Asomaos al abismo, puede que logréis vislumbrar algo.

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