martes, 13 de octubre de 2015

LA TUMBA DEL MORIBUNDO

Aquella mañana me desperté sudando en mitad de la noche. Mi respiración era agitada y el pecho subía y bajaba en acompasado ritmo. Por un momento pensé que todo lo ocurrido el día anterior había sido una pesadilla y me alegré, pero la felicidad duró tan solo un fugaz instante hasta que me di cuenta de la triste realidad y el mundo se me volvió a desplomar sepultándome con todo su aplastante horror. El doctor me había diagnosticado cáncer de hígado. Me llevé las manos a la cabeza. Estaba sudando y las sienes me latían con fuerza. No podía ser, era una pesadilla de la que aún no había despertado. Iba a morir. De hecho me quedaban a lo sumo siete meses. No era de extrañar, venia avisado desde hacía tiempo, el alcohol me había destrozado por dentro desde que perdí la ilusión por la vida. Era irónico, pensaba que no tenía sentido seguir viviendo y ahora no me hacía a la idea de que en cosa de un año estaría criando malvas bajo tierra. Iba a abandonar el mundo de los vivos y el miedo y la conciencia de la muerte, el saber que en breve iba a morir, me atenazaba y me dejaba pálido de miedo.
Preparé un suculento desayuno y pese a la estricta prohibición del doctor me llené la copa de whisky. Si iba a morir que fuese a tumba abierta. La lluvia caía lóbrega en el exterior de mi piso golpeando la ventana, deslizándose suavemente a través del cristal.

Los días pasaban y con ellos las semanas. Mi lenta decadencia en nada se parecía a las heroicas muertes de las películas de Hollywood en las que sus protagonistas pasaban los últimos días de su vida viajando y viviendo al máximo. Rechacé el sufrimiento de la quimioterapia a cambio de vivir algún tiempo menos, y mis horas finales transcurrían solitarias entre las lóbregas paredes de mi habitación y el silencio de los pasillos del hospital. No tenía dinero para pasarlo bien siquiera en lo poco que me quedaba.
Cuando mi estado comenzó a empeorar notablemente mis intentos por disimular la enfermedad fracasaron y mi madre vino a visitarme. Ambos contemplamos juntos el ocaso de mi vida, charlando con ojos nostálgicos de lo revoltoso que era yo de pequeño. Una buena mañana, en la que una fina llovizna empapaba la acera de las calles decidí poner fin a mi sufrimiento y a la lenta agonía que me tenía encerrado constantemente en los oscuros rincones de una mente ya enferma por el perpetuo acoso de la muerte que me lanzaba todas las mañanas su gélido aliento al cuello. Cogí una pala del viejo trastero y salí a la calle en dirección al bosque que nacía en la loma de un monte a las afueras de la ciudad. Mi madre salió detrás de mí para detenerme, pensaba que me había vuelto loco, pero cuando me giré para contemplarla y decirle que era inútil ella vio una férrea determinación en mis ojos, mezcla de locura febril y miedo a que la muerte cumpliese con mi destino. Caminé todo lo rápido que me dejaba mi debilitado cuerpo a través de las calles y llegué a la linde del bosque, donde me sumergí dejándome acariciar por las hojas de los árboles, plantas y flores cubiertas del rocío de la mañana. Caminando por la espesa vegetación de la montaña me deje perder y al fin encontré un claro en medio del bosque. Me tumbe allí a descansar y cuando desperté ya era de noche. Levanté como pude mi marchito cuerpo y a la pálida luz de la luna comencé a cavar un agujero en la húmeda tierra. El lugar alumbrado por la luna menguante y la luz de las estrellas tenía un claro matiz embrujado. Cavé sin descanso hasta que la fosa tuvo el tamaño suficiente para enterrar a una persona. Para enterrarme a mí. Iluminado por la luna de aquella cálida noche, dejé a mis maltrechos huesos descansar en la eternidad
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