domingo, 4 de octubre de 2015

AHORCADO A MEDIANOCHE

Era una fría medianoche, comienzos de diciembre, el invierno se adelantaba y en las calles se notaba. Buscando calor, el Poeta entró en una taberna para mojar su garganta con licor, y con suerte, buscar el amor. Así comenzó a manosear a la hija del tabernero, ya evadido del mundo, inerte en su banqueta, mil botellas vacías sobre la mesa. “¡Suéltame, pagarás por tus pecados Poeta!” es todo lo que dijo la deshonrada, “¡Los poetas no tienen cabida en la tierra!”. Pero sus oídos no escuchaban y sus ojos no veían, sordo y ciego, sus sentidos buscaban ávidos, rimas, versos, para cometer nuevos pecados, para con un poema bonito remendar el daño y evitar pagar la cuenta de todo el año. Pero fue entonces la hija del tabernero la que hizo oídos sordos, mientras repetía “¡arderas en los infiernos!”. Triste y cabizbajo, el Poeta ya arruinado salió de la taberna, arrastrando sus gastados zapatos, caminando por el empedrado en dirección a su casa. Sentía en su tambaleante paso, zigzagueante, torpe y manso, que había bebido en demasía, y por tomar el aliento se detuvo frente a la verja de un parque. El Poeta alzó la vista, sorprendido, “no recuerdo que hubiese un parque aquí” y completamente embebido miró al horizonte surcado de estrellas, la vía láctea a lo lejos, más cerca un roble viejo, e iluminado por los astros, un innoble patíbulo que se alzaba, siniestro y perdido, como de otro mundo, y orgulloso ensalzaba el acto de la muerte con nueve horcas y nueve cadáveres colgando balanceantes, bailando de forma macabra. Como muerto en vida, hipnotizado por la escena, tan poética como acampar fuera, bajo la luna, o los propios ojos de la tabernera, el Poeta se acercó al patíbulo subiendo despacio la suave pendiente, el horizonte, la frontera, la luz de luna recortaba los cadáveres y los acariciaba lentamente. Sus pasos se detuvieron frente a los nueve muertos, y horrorizado, hechizado por la escena tétrica, casi mística, contempló pese al miedo, pues un infinito morbo lo atraía, los rostros de los desdichados, y de pronto en sus ojos reconoció los rostros de familiares y amigos, que no lo miraban a él, sino al vacío. Llegado a ese momento, el Poeta perdió el control y, arrastrado y cegado por una locura irracional, se pasó la décima soga por su pálido cuello, que por su extrema palidez casi brillaba en la ribera nocturna. Pronto aves carroñeras y gusanos de misma índole asomaron sus feas caras de los abismos del infierno, a sabiendas del fatal destino del Poeta, aciago, para saciar su hambre con la putrefacta carne de un hombre condenado y muerto en vida. Desquiciado, con su delgada sombra proyectada por la luna llena de medianoche en el empedrado camino de la colina, grita a las delirantes sombras de los arboles quelo contemplan: “Solo así alcanzará mí ya maltrecha alma la libertad completa y ansiada pureza, y tal vez algún día me precederá la leyenda que solo mi sombra emulará” y así dedica estos versos a la locura y a la muerte:

Con este acto pago mis deudas
El Poeta no tiene más que deciros
Vivir ya no tiene sentido
El despecho que tenía dentro ha salido
Se acabaron los días adversos
Por fin mi noche ha caído

Y con el despuntar del alba, la gente en la colina halló el triste cadáver del poeta colgado, balanceado por el viento, húmedo por el rocío de las flores. No había parque ni patíbulo, solo un viejo roble, encorvado, y colgado de una rama, un poeta que estando borracho con su cinturón se había ahorcado. Murió asolado por los fantasmas de su atormentada mente, en su última noche de excesos, y a su entierro no acudieron ni familiares ni amigos.


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