Era una fría medianoche, comienzos de diciembre, el invierno se adelantaba
y en las calles se notaba. Buscando calor, el Poeta entró en una taberna para
mojar su garganta con licor, y con suerte, buscar el amor. Así comenzó a
manosear a la hija del tabernero, ya evadido del mundo, inerte en su banqueta,
mil botellas vacías sobre la mesa. “¡Suéltame, pagarás por tus pecados Poeta!”
es todo lo que dijo la deshonrada, “¡Los poetas no tienen cabida en la
tierra!”. Pero sus oídos no escuchaban y sus ojos no veían, sordo y ciego, sus
sentidos buscaban ávidos, rimas, versos, para cometer nuevos pecados, para con
un poema bonito remendar el daño y evitar pagar la cuenta de todo el año. Pero
fue entonces la hija del tabernero la que hizo oídos sordos, mientras repetía
“¡arderas en los infiernos!”. Triste y cabizbajo, el Poeta ya arruinado salió
de la taberna, arrastrando sus gastados zapatos, caminando por el empedrado en
dirección a su casa. Sentía en su tambaleante paso, zigzagueante, torpe y
manso, que había bebido en demasía, y por tomar el aliento se detuvo frente a
la verja de un parque. El Poeta alzó la vista, sorprendido, “no recuerdo que
hubiese un parque aquí” y completamente embebido miró al horizonte surcado de
estrellas, la vía láctea a lo lejos, más cerca un roble viejo, e iluminado por
los astros, un innoble patíbulo que se alzaba, siniestro y perdido, como de
otro mundo, y orgulloso ensalzaba el acto de la muerte con nueve horcas y nueve
cadáveres colgando balanceantes, bailando de forma macabra. Como muerto en
vida, hipnotizado por la escena, tan poética como acampar fuera, bajo la luna,
o los propios ojos de la tabernera, el Poeta se acercó al patíbulo subiendo
despacio la suave pendiente, el horizonte, la frontera, la luz de luna
recortaba los cadáveres y los acariciaba lentamente. Sus pasos se detuvieron
frente a los nueve muertos, y horrorizado, hechizado por la escena tétrica,
casi mística, contempló pese al miedo, pues un infinito morbo lo atraía, los
rostros de los desdichados, y de pronto en sus ojos reconoció los rostros de
familiares y amigos, que no lo miraban a él, sino al vacío. Llegado a ese
momento, el Poeta perdió el control y, arrastrado y cegado por una locura
irracional, se pasó la décima soga por su pálido cuello, que por su extrema palidez
casi brillaba en la ribera nocturna. Pronto aves carroñeras y gusanos de misma
índole asomaron sus feas caras de los abismos del infierno, a sabiendas del
fatal destino del Poeta, aciago, para saciar su hambre con la putrefacta carne
de un hombre condenado y muerto en vida. Desquiciado, con su delgada sombra
proyectada por la luna llena de medianoche en el empedrado camino de la colina,
grita a las delirantes sombras de los arboles quelo contemplan: “Solo
así alcanzará mí ya maltrecha alma la libertad completa y ansiada pureza,
y tal vez algún día me precederá la leyenda que solo mi sombra emulará” y así
dedica estos versos a la locura y a la muerte:
Con este
acto pago mis deudas
El Poeta no
tiene más que deciros
Vivir ya no
tiene sentido
El despecho
que tenía dentro ha salido
Se acabaron
los días adversos
Por fin mi
noche ha caído
Y con el despuntar del alba, la gente en la colina halló el triste cadáver
del poeta colgado, balanceado por el viento, húmedo por el rocío de las flores.
No había parque ni patíbulo, solo un viejo roble, encorvado, y colgado de una
rama, un poeta que estando borracho con su cinturón se había ahorcado. Murió
asolado por los fantasmas de su atormentada mente, en su última noche de
excesos, y a su entierro no acudieron ni familiares ni amigos.

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